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jueves, 9 de febrero de 2012

A-Dios hermano Luis...

Recorriendo titulares hoy (01FEB2012) me detuve en uno de La Nación de Buenos Aires que reza ‘Las 5 cosas de las que nos arrepentimos antes de morir’. Una enfermera australiana de cuidados intensivos o paliativos según la traducción del periódico, y enfermos terminales acaba de publicar un libro donde desgrana sus vívidas experiencias con los pacientes que en sus últimas semanas le confesaban sus últimos pensamientos y reflexiones, cosa que a priori me atrajo tremendamente. 

Frente a la muerte nuestra sociedad tal y como la creamos, al menos la occidental, tiene un concepto finito y de perdida con una dudosa resurrección, eso marca el subconsciente colectivo de tal manera que hasta que no llegamos al punto crítico donde, por nuestras dudosas creencias desfallecemos, no despertamos a una realidad superlativa que está por encima de las rutinas materiales y de ser lo que otros ven que eres y tu no sientes. Quizá es ahí donde nos nace como un diluvio de claridad en donde vemos todo aquello que debiéramos haber hecho distinto, aquello que no hicimos, o no fuimos. Por lo pronto reflexioné sobre los arrepentimientos más expresados y no dejé de reconocer lo que todos en nuestro fuero interno, en mayor o menor medida aspiramos alcanzar y día tras día intentamos con mayor o menor suerte. Sin duda los momentos felices compartidos, las personas que amas, el equilibrio, ser mejores, ser felices. Pero lo fundamental, solo se trata de vivir esa es la historia... 

 Los cinco grandes arrepentimientos 

 1- Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera 

 2- Ojalá no hubiera trabajado tanto 

 3- Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía 

4- Habría querido volver a tener contacto con mis amigos 

5- Me hubiera gustado ser más feliz 

Entonces me digo ¿Porqué debo ir hacia las viejas trampas como bálsamo de estados presentes por 1 y 3? ¿Qué sentido tiene trabajar si no lo hago con pasión y pensando en el bien común, ejerciendo 1, 2 y 3, y hasta de vez en cuando incidir en el 5? Y enlazando con lo anterior, ¿porqué debo estar tan absorbido por el sistema hasta el punto de no tener tiempo para los afectos, por el 4, y por ende no poder llegar a 5... 

 * * * 

En el ‘no tiempo’ de escribir este post se ha ido El Flaco, Luis Alberto Spinetta que tocado por el cáncer falleció ayer (08FEB2012) a sus 62 años. Según declaraciones de su primer amor y musa inspiradora de ‘Muchacha Ojos de Papel’, Cristina Bustamante desde Los Ángeles, él le dijo al hilo del teléfono: 'Estoy preparado para esto, vengo preparándome toda la vida para este momento, y yo ya dije todo lo que tenía que decir'

* * *

Tu verbo de paz me ha acompañado toda mi vida, tu música inspiradora me ha sacado de los agujeros del destino. Hoy es un día muy triste por tu ausencia aunque me queda tu sencillez, tu música, tu voz acompañando el latido de la vida. Allí donde estés en tu viaje, que Dios te de multiplicado lo bello que has sabido darnos a todos con tanto amor. ¡Hasta siempre Flaco! 

LPL’12

‎"Este día empieza a crecer / voy a ver si puedo correr ... Tengo que aprender a volar / entre tanta gente de pie ... Tengo que aprender a ser luz / entre tanta gente detrás ..." L.A.S. 




miércoles, 10 de marzo de 2010

Mi Música

Muchas veces mis propias palabras se quedan huérfanas de significado, y no precisamente porque pierdan el sentido al repetirlas como cité en otro post donde rememoraba juegos de mi infancia, es algo más inmediato, es algo que se siente con desazón y tristeza; la palabra se desgasta y ya los receptores se tornan meros compañeros de asentimiento y corroboración, actores que junto a mi participan del enloquecido juego del vacío cultural del día a día. Si, suena crudo, violento, casi un insulto contra la bondad de tantos escritores buenos y también malditos o incomprendidos que hicieron de ellas, de las palabras, un monumento a la belleza expresiva del ser y no ser al volcarlas al papel.

Hago esta reflexión desde un momento de incomunicación verbal, donde la letra es la única que acompasa mi sentir, como la sombra sigue a  mi figura por cualquier camino, una compañía que no exige más que mi corazón palpite a mi mente el acto siguiente y así explotar de los actos cansados de representar significados, esperando siempre paciente el gran protagonista que será ya el rol definitivo de la existencia. Ninguna expresión por compleja me quita el sueño o me sorprende, puedo estacionarme en ella y divagar por sus vericuetos, puedo dormirme y usarla de almohada, y aun así seguir experimentando la agridulce certeza del no diálogo, la terrible soledad del monólogo.

Así, cuando descubro esas palabras, callo. Como Claudio en Últimas Imágenes del Naufragio de Subiela que las tacha hasta que ya no le quede ninguna, porque al llegar ese momento no necesitará más de ellas.

*[Claudio: Voy dejando... lugares libres en mi cabeza para... llenarlos con cosas nuevas.
Roberto: Si seguís tachando palabras un día te vas a quedar mudo.
Claudio: Ese día no necesitaré hablar.]

Y, cuando callo, comienza la música. Desde siempre pensé que a todo el mundo le sucedía. Pensé que las mañanas de la humanidad se poblaban de música acompasada por los rayos del sol que supo ser mi fuente de energía extra cuando exhausto de pasión corría detrás de los sueños. Hoy esos sueños soy yo mismo y la música sigue, lo que persigo tal vez sea como el final del arco iris que a medida que avanzas siempre está a la vuelta de la esquina, como el futuro, esa ilusión que te venden cuando eres joven para que vayas a por ello como a por la última novedad tecnológica, el centro prometedor de cualquier ciudad de neones y cowboys de medianoche.

Pero la música, ese lenguaje que entienden hasta las estrellas de Sagan, sigue sonando cuando callo, se despierta conmigo después de morar en mis sueños, e irrumpe con cálido desparpajo en cualquier conversación trivial acompañando el contexto de una aseveración, apoyando la mirada inquisidora de mi interlocutor y yuxtaponiéndose entre los pliegues de mi realidad. Esa música que templa mi espíritu puede estar incluso en los ambientes más prosaicos y menos favorables para su ejecución, en una negociación laboral o en un día sin esperanza. Como en la canción para los días de la vida del Flaco, mi duende se abre para que nadie me quite mis canciones porque el silencio sabría a final y la música nunca debe dejar de sonar. Ese refugio de mi mente y gozo de mi corazón que pasa a través de mi vivificando las fibras de mi ser me asegura estar a través del sonido.

La primera vez que ‘vi’ un sonido fueron los de las guitarras de Pink Floyd en Dark Side of The Moon, abrazado a la locura de aquellos años llenos de música en Brasil. Pero sentirlo creo que fue desde siempre. Quiero que la música siga sonando para que mis silencios no pierdan su sentido.

LPL'10


*Extracto de los diálogos del film  ‘Ultimas Imágenes del Naufragio’ – 1990 - de Eliseo Subiela
Imagen: Kandinsky, Composición VII

sábado, 2 de agosto de 2008

Violencia en el Parque (Rivadavia)













Como materia repartida aleatoriamente por el éter mis recuerdos van configurando el mapa de confusos e intensos estados, donde todo estaba presente y todo iba a dejar de pertenecerme. Eran tiempos de cambios, mamá se había ido y sentía la culpa de no haberla llorado.

No tuve más remedio que irme o dejarme llevar por las olas de sensatez de los adultos que me rodeaban, aunque asistía un tanto contrariado a las disputas y/o repartos que se hacían de mi persona. Hasta terminar en Paraná, provincia de Entre Ríos, algo muy cercano al círculo concéntrico de los avatares de mi madre, que ahora con el paso de los años va devolviendo recuerdos.

Pero el tapiz de los últimos años con mamá, los cálidos veranos de Gessel y mi lujuriosa adolescencia, tornan confusos los tiempos en que todo sucedió, donde alguna vez existió una familia que yo pensaba como única a pesar de las nebulosas de mis primeros años. De los recuerdos del silencio.
Es la primera vez que asumo la etapa del íntimo silencio de mamá en un escrito, porque incluso el pensamiento se me antojó esquivo a la hora de recrear esos años, solo aparecía de vez en cuando el pequeño Luisito y sus anécdotas más infantiles para acabar en un pensamiento de desasosiego, ¿quién soy, de quien soy?

Intento poner en orden las ideas para poder ser objetivo, quitar la gran pátina de fantasía del entorno y la época, mientras escucho a Pescado: “las uvas viejas de un amor en el placard, son estas cosas que te están amortajando”.

Había una curva donde comencé a reunirme con la barra cuando los juegos de la puerta de casa al atardecer dejaron paso a las reuniones con las chicas, asaltos y cumpleaños, para finalmente adquirir la calidad suficiente para ser aceptado por los cancheros de más edad, los que fumaban en las esquinas y ya iban a los bailes. Desertores escolares reivindicadores del laburo fácil, mentores del piropo erótico rayano en lo soez. Pero grandes personajes. A través de ellos tenía acceso a sitios a los que solo no podía ir. Las mieles de los amigos de la infancia que ya tocaba a su fin se antojaban lejanas y superfluas, toda la ilusión de los frutales y los grandes campos se fueron con mamá. En la radio sonaba Sandro con ‘Penas’ y Aquelarre con ‘Violencia en el Parque’. Intentaba identificarme con todo aquello que superaba las fronteras de mi presente, proyectándome en un futuro de fantasía, las mentes oxidadas de los que escuchaban música complaciente eran blanco de mis críticas intelectuales, mientras había cosas más importantes por las que preocuparse, sobrevivir era una de ellas. Las pasiones fluctuaban entre la adolescencia inacabada y el poder de la música que lo llenaba todo, mientras que un miedo incognoscible por la situación de aquellos años daba el ingrediente de riesgo. En varias ocasiones enfrenté la realidad de sentir que la vida no valía nada y podía irme de este mundo con suma facilidad, pero todos mis sueños infantiles seguían intactos como para preservarme de tomar caminos de destrucción o por lo menos completarlos con final y epílogo.

En esta curva desgajé mis sueños más locos desde la heladería Pichacho, donde la Gorda y Ratón nos arropaban como semillas musicales a ritmo de Zepellin, Crimson o Pescado, desafíos de flipper y zapadas improvisadas donde el mundo era música y que pasara después poco importaba.

LPL'08