Escribí en cualquier papel, en la urgencia de mis actos, en el sentido del momento. He aquí los retazos del mundo que fui y del alma que soy
domingo, 1 de agosto de 2010
Llaman
domingo, 25 de abril de 2010
With a little help from my friends
Definida por la filosofía como un problema metafísico u ontológico, la realidad ha propiciado ríos de tinta intentando ponerle nombres y apellidos para que sea tan real como nosotros mismos. Otros en cambio, han hecho constar que solo en relación a la experiencia podemos adquirir una idea justa acerca de lo que es la realidad, es decir pienso, luego existo, ergo vivo luego existo. Arrogarnos el derecho de pensar ya es en sí mismo una trampa del ego.
Lpl'10
miércoles, 10 de marzo de 2010
Mi Música
miércoles, 3 de marzo de 2010
De la malaria y la otra ‘malaria’
*Ilustracion de M.Escher para la tapa de Invisible (1974)
sábado, 13 de febrero de 2010
Los caminos que se bifurcan
sábado, 16 de enero de 2010
Palabras
domingo, 3 de enero de 2010
Otra Mirada
lunes, 21 de diciembre de 2009
En estas fiestas: Ocho regalos que no cuestan un centavo

Pero realmente escuchar, sin interrumpir, bostezar, o criticar. Solo escuchar.
2.- El regalo del Cariño.
Ser generoso con besos, abrazos, palmadas en la espalda y apretones de manos, estas pequeñas acciones demuestran el cariño por tu familia y amigos, y porque no decir alguna vez 'Te quiero'.
3.- El regalo de la sonrisa.
Llena tu vida de imágenes con sonrisas, dibujos, caricaturas y tu regalo dirá: "me gusta reír contigo"
4.- El regalo de las notas escritas.
Esto puede ser un simple "gracias por ayudarme", un detalle como estos puede ser recordado de por vida y cambiarla a un tal vez.
5.- El regalo de un cumplido.
Un simple y sincero "te ves genial de rojo", "has hecho un gran trabajo" o "fue una estupenda comida" puede hacer especial un día.
6.- El regalo del favor.
Todos los días procura hacer un favor.
7.- El regalo de la soledad.
Hay días que no hay nada mejor que estar solo. Se sensible a aquellos días y da este regalo o solicítalo a los demás.
8.- El regalo de la disposición a la gratitud.
La forma mas fácil de hacer sentir bien a la gente es decirle cosas que no son difíciles de decir como "Hola" y "Muchas Gracias".
viernes, 18 de diciembre de 2009
LA COMPASIÓN NOS AYUDA A DECIR ADIÓS

Todos hemos tenido que dejar morir un sueño: el noviazgo que no se convirtió en matrimonio, el empleo en el que no se avanzó, el negocio que no triunfó, el matrimonio que, lánguidamente, duró toda la vida.
Cada vez que un anhelo llega a su fin es necesario despedirse. Para ello, hay que identificar todo lo que podemos agradecerle a esa situación y que además puede formar parte de nuestro equipaje, pero también debemos ser capaces de dejar atrás todo aquello que fue inconveniente, y que puede convertirse en una carga demasiado grande para el resto de vida que nos queda por delante.
Las etapas en la vida se suceden. Los finales de un ciclo se unen a los principios del siguiente. Este es el proceso normal y puede darse con armonía. Sin embargo, en nuestro medio es común pensar que terminar un ciclo, dejar morir un sueño, es fracasar, y el fracaso está prohibido.
Se cree que el éxito está en que los procesos no se terminen nunca. Por lo tanto, cuando llegamos al final de un ciclo y tenemos que despedirnos, buscamos explicaciones, culpamos al otro o a nosotros mismos y así, las despedidas se vuelven ferias por la agresión y la recriminación mutua.
Ello, por supuesto, es un gran error ya que maduramos mejor cuando podemos integrar en el nuevo camino lo anteriormente vivido. Y para lograr eso debemos ser capaces de discernir amorosamente, de validar todo lo que la vivencia construyó en nosotros: los dolores que nos hizo superar, las cualidades que nos permitió desarrollar o los defectos que nos hizo conocer. Solo así, estaremos mejor preparados para un nuevo comienzo. Solo así habremos ganado en sabiduría.
Es claro que durante la jornada, durante el tiempo que dura esa relación o ese matrimonio siempre hay posibilidad de arreglar las cargas, pero los finales nos enseñan mucho, pues nos permiten una mirada retrospectiva sobre lo ocurrido.
Iniciamos las relaciones con ilusión. Pensamos: “Ahora sí encontré la persona perfecta” o “Sacaré adelante este proyecto económico”. Siempre empezamos llenos de entusiasmo y de sueños. Hay algo que percibimos en el otro, su potencial, sus características, que nos llevan a intuir que es la persona adecuada.
Pero con el correr del tiempo, podemos encontrarnos con que la perfección no ocurre y entonces, la desilusión llega marcando un final. O no es raro que la idea de la perfección misma sea nuestro gran saboteador, y aunque las cosas se den bien, perdemos el gusto de lograrlas y nos desanimamos. En otras oportunidades, nunca logramos estar satisfechos con lo logrado, siempre falta algo y así las relaciones se agotan y entendemos que ha llegado el momento de decir adiós. Para otros, el paso del tiempo va marcando caminos y rumbos diferentes y el vínculo desaparece.
Es frecuente oír en la consulta cómo la situación ha ido cambiando y el cónyuge ha dejado de ser amable para convertirse en un amargado al que ya no se le puede hablar. En las conversaciones se menciona la insatisfacción, los errores cometidos pero, sobre todo, se ve cómo el cuidado por la relación misma y por la autoestima del otro, ya no está presente. El trato se torna desconsiderado y en ocasiones hasta grosero. O, como el socio ya no trabaja en equipo, se obstaculizan las decisiones. Es cuando surgen las acusaciones mutuas y la búsqueda del beneficio unilateral reemplaza el logro de metas comunes.
En síntesis, el otro se ha vuelto fuente de dolor. En esas circunstancias se incuba la rabia que anuncia rupturas desastrosas.
En ocasiones, es conmovedor ver cómo en el tope del dolor después de la ruptura, las personas comienzan a evaluar lo que pasó y entonces es en estos momentos donde aprenden más sobre cómo construir amor y armonía, que durante la relación misma. Cuando ya no hay nada que hacer, descubren todo lo valioso que había en la amistad o en el matrimonio.
La desilusión del final hace con frecuencia que se exprese tal desprecio por los antiguos compañeros, que cuando la reflexión y discernimiento hacen su aparición, ya la pelea ha sido de tal magnitud que lo conservable también ha quedado destruido.
Es doloroso ver cómo la incapacidad para decir un adiós a tiempo que permita conservar las lealtades fundamentales de las relaciones humanas, convierte los finales de los ciclos en pérdidas irreparables. Hacer del ex-cónyuge o del ex-socio un enemigo, es negarnos la posibilidad de la conciliación.
Pero siempre hay otra ruta: cuando se llega al final del camino, podemos abandonar la crítica, la desilusión, el desánimo, el culto a nuestro propio ego, para saludar la forma más alta del amor: la compasión.
La compasión en la despedida no tiene que ver con sentirse superior o comprensivo porque el otro está en un error. Tiene que ver con experimentar un afecto sincero por nosotros mismos, por el otro y por las relaciones que hemos establecido en un proyecto compartido. Implica tener la determinación de hacer todo lo posible para conservar la propia integridad emocional y la del otro. También, implica comprometerse profundamente con hacer de cada uno de nosotros una persona, que de forma distinta de un bárbaro que arrasa con la cosecha, más bien se retira del campo cuidando bien de que lo sembrado pueda dar fruto.
(María Antonieta atiende consulta individual y realiza otras actividades relacionadas con su práctica profesional según se le solicite. Para mayor información, por favor escribe a: mariaantonieta.solorzano@gmail.com)
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Publicado originalmente en El Espectador.
Fuente: De2Haz1
lunes, 30 de noviembre de 2009
SAWABONA -sobre estar solo-

P.D. El significado de SAWABONA, es un saludo usado en el sur de Africa y quiere decir:
"RESPETO, YO TE VALORO, Y TU ERES IMPORTANTE PARA MI".
Como respuesta las personas dicen:
SHIKOBA, que es
"ENTONCES.
YO EXISTO PARA TI"
(Por Flávio Gikovate, médico psicoterapeuta Brasileño)
viernes, 9 de octubre de 2009
Volver a los orígenes

miércoles, 23 de septiembre de 2009
Evasión (II)

No todo lo que sucede es nuevo, he de decir que hay elementos que se combinan con lo que hoy siento, y no es que quiera complicar las cosas, siempre he intentado simplificar. Incluso cuando el esfuerzo en hacerlo me ha llevado a ciertas complicaciones. Lo que se suma no es ni más ni menos que viejas inquietudes de llegar a sentirme bien con lo que hago, por hacer todo aquello que me permita desarrollar las ideas en las que creo.
Muchas veces en los amaneceres de los días encuadrados en rutinas, me pregunto sobre los deseos de tanta gente al levantarse. Veo el fastidio, la desazón, la indiferencia de muchos. De repente parecía que por algún lado conectaba con este u aquel y al tiempo su aliento parece lejano, ya no está. La evasión es un estado de ánimo, me dijo un amigo categóricamente. Cada uno desde su escalón evolutivo en el que esté sentado, arengue a los estratos inferiores, y me refiero a las masas nubosas, uniformes y bajas, de color gris y de poco espesor, constituidas por pequeñas gotas de agua, aunque en ocasiones también presentan diminutos cristales de hielo.
Pesada resulta la letra, cansada la lentitud que va envolviendo una idea ya vieja y reelaborada al momento de llegar a un atisbo de su esencia por medio de la escritura. No somos dioses. ¿Pero y si lo fuéramos? Qué gigantesca y ciclópea frustración. Ay, no me alcanzarían los días para hacer prodigios, pero al final sí me alcanzarían; aunque como Dios debo ser modesto y no ser muy consciente del poder, esto lo justificaré perfectamente con la inmortalidad. Claro que después miraría de reojo que tipo de mortalidad posee el dios de al lado. ¿Es de última generación? ¿La maneja bien o se le descontrola cada dos por tres? ¿También hay competencia de prodigios? –Que el mío es más espectacular que el tuyo- el otro replicándole: -Sé humilde que el mío es más sincero-. No, ciertamente no tenemos ni idea del fenómeno.
Ahora, ante la ausencia, el vacío, me debato como cualquiera. Voy y vengo con la ceguera habitual pero agravada por la ausencia. Grandes tribunales juzgan esto o aquello; peleas dialécticas por una justicia que hace tiempo dejamos de ejercer.
Ya es viernes, muchos se dirigen a la salvación. Vomitando toxinas de oficinas, estudios, consultorías, talleres o fábricas, no hay distinción para los claustros de nuestras virtudes, hipotecas del futuro. Otros, tal vez muchos, desandan el cordón de la vida y establecen un domingo de muerte y un lunes de resurrección mientras el sábado quedará allí, hecho un ovillo sin extremos. Los procesos naturales se suceden como todos los días, solo perturbados en su trayectoria por esta nube humana que se niega a comprender.
Y pasan semanas, ya es un miércoles de otro tiempo, de otro instante. Los claroscuros siguen sin definirse, ya que esta es la vida que creamos; una caña más y a discutir por donde coger lo inmediato siempre que no queme. Comer, comer con varios aditivos, conservantes, antioxidantes, muchas Es y sus correspondientes números como si los consumidores recibieran un reporte de los efectos de cada E, y siguiendo. Las víctimas de un mal incognoscible investigado por la industria farmacéutica siguen cayendo en el vórtice de las estadísticas mundiales, nadie predice nada y la cloaca digital de alta definición nos prodiga su periódico baño de estiércol de diseño trendy.
Pero no nos perdamos por delinear lo cotidiano, lo que reafirma nuestra búsqueda; seamos constantes con nuestros instintos más auténticos. Ya se respiran otros aires evolucionando vertiginosamente en los canales de la civilización occidental. Alguien descubrió ciudades subterráneas en
Lpl’09
martes, 22 de septiembre de 2009
Evasión (I)
Cuando de repente me doy cuenta que soy el artífice de las estructuras, es tanta mi alegría; hasta creo presumir de entendida voluntad. Pero no, al rato me doy cuenta que debo seguir luchando, que estas alegrías son efímeros laureles y lo que a veces no sé es si quiero lo que se me presenta por delante.
Con la cabeza en posición reflexiva ordeno los elementos que me rodean, el teléfono está en su lugar y aun así necesito comunicar hacia donde siempre da ocupado (o comunica, como dicen por aquí que no es allá). Esta mesa que sostiene firmemente el papel mientras abro surcos rasgando una parte del día con la intención del todo es donde las formas aparecen quietas y la responsabilidad del movimiento me es reflejada por ellas.
Juro que intento apaciguar mis ansias y no salir corriendo por el amplio horizonte de la evasión. ¡Ah, qué humana y dolorosa suele ser! La evasión, digo. ¿Y el fenómeno de estar sentado respecto del fuego consumidor del movimiento? Ciertamente los límites están para saltárselos y qué bien sienta esto. Un salto, un vacío, el temor asumido en el mismo acto, la bocanada de éxtasis que termina en el estómago cuando nació del corazón, descubrir y volver a empezar.
Pero decía que alrededor están las formas; no todas están quietas y algunas hasta tienen estrecha relación conmigo. Y digo relación por intercambios. Sin embargo por momentos me mantengo al margen de mí cuando estos intercambios acontecen, me convierto en mero espectador, en testigo omnisciente, para luego mirar los retratos que congelan instantes, como esas fotos que no reconocemos haber tomado alguna vez.
Estoy conforme. Por momentos, estoy conforme. Y es cuando llega el momento de la abstracción, me entrego a él y transito por el filo del nexo cotidiano. Hasta podría sostener que este es el universo de la vida. Pero depende en que momento me lo plantee. Podría ser, pero hay tantas posibilidades… Ahora mismo estoy siendo el juez de lo que no comprendo. ¿Es posible juzgar estas palabras? Ciertamente estas, como muchas otras, ya lo habrán sido. ¿Porqué entonces ese miedo a decir?
La cuestión es que me mueva hacia donde me mueva, la reflexión es básicamente la misma. ¿Es monotemática la vida o la vida me ha hecho monotemático? ¿Soy un mono?
Quien puede decir que no lo soy solo porque me lo pregunto. Y como Quien es una de las formas más respetadas con quien nos relacionamos puedo seguir cuestionándome quien soy yo.
En este momento hay muchos quienes a mi alrededor, y mira que los dejo discurrir sin presentar el menor obstáculo. Hoy es martes y el lunes ya pasó. Me gusta esto de poder pasar. Forma parte de aquel hilo cotidiano o de este, si se prefiere.
Recuerdo un momento álgido de mi vida donde cuestionaba mis sensaciones y terminé asumiendo la mutación de crecer. Cambian las texturas, la realidad se hace más dura, más real (?). Caminaba y seguía sintiendo el suelo, pero cada vez más lejos. Más cerca estaban mis heridas. ¡Ay, horizonte de evasión como te fuiste ampliando!
Pero hoy era martes creo, y ya pasó. No, aun no. ¿Porqué adelantarse? Mi cabeza sigue en posición de reflexión y yo la dejo es cómodo.
(continuará)
Lpl'09
viernes, 28 de agosto de 2009
martes, 21 de julio de 2009
COLORADOS

Cuando empecé a fumar, mi primer cigarrillo fue un Colorado; aun puedo recordar el suave aroma de la combustión exacta como acostumbraba llamarla. Me enganché en la secundaría, en el club que se organizaba en los baños. Se urdían las más ingeniosas artimañas para dispensar el faso en las inspecciones periódicas, el denso humo siempre cantaba. Realmente yo no lograba animarme a fumar en el baño, siempre terminaba haciéndolo afuera del cole. El exhibicionismo típico de la edad no me duró mucho, creo que lo desarrollaba en otros aspectos como el sexo por ejemplo. Al tiempo, compraba mi propio paquete de Colorado y lo escondía celosamente en un campo de mandarinas, bien aislado por plásticos y enterrado en una vieja caja de lata, bajo tierra.
Mi placer era vespertino y privado, y no todos los días. Me iba al campo de mandarinas al atardecer, mientras en los parlantes del Club Social y Deportivo de Parque Rivadavia, José Larralde desgranaba su prosa telúrico-gauchesca de hijo guacho y lecciones que da la vida. En los alrededores de ese mismo campo, tuve mis primeras citas serias, puesto de punta en blanco para caminar apenas unas cuadras buscando el amor. Se llamaba Elvira.
Y el cigarrillo, ese compañero que hoy denostan y prohíben todo lo que pueden los gobiernos en aras de la salud, me sirvió de mil formas a lo largo del camino, moneda de cambio en las circunstancias más extremas, cura casera del aire en el cogote, contador de tiempo en las estrategias barriales, testigo de los secretos más inconfesables, de las tensas esperas, de las esquinas en penumbra, de los experimentos de todo tipo, de la chamanería del Ekeko que se lo fumaba sin chistar y de una.
En aquellos días tener un faso era un capital, al menos es lo que sentí en ciertas ocasiones, cuando rodaba la calle y era muy común pedir un faso. En Brasil, donde los Pivetes do cafesinho los vendían por unidades para degustar el café e cigarro aí era la fortuna callejera. La combinación perfecta del que vaga, vaguea, o se deja llevar por los caminos.
Mi viejo fumaba Cliffton, marcas desaparecidas ya, Saratoga, Imparciales, tantas otras que eran motivo del corto paseo a comprarlos mandado por los adultos. Qué fácil era entretenerse en esas incursiones fuera de programa. Otra vez los ámbitos por explorar aunque se haya pasado mil veces por ellos; el detalle de un día diferente podía recrear un momento nuevo. La vez que fui pillado infraganti por mi viejo fue un episodio que recuerdo muy bien, marcó un hito. Lejos de recibir la paliza a la que me había acostumbrado solo supo quedarse sin gesto como si le hubiese abandonado el instinto de sus convicciones de cómo se debía educar a un chico. Mi total indefensión y miedo se quedó en un estupor e incomprensión, mientras no sabía que hacer con el cigarro en la mano. Los que siguieron fueron días de expectación por el castigo que nunca llegó. Paradojas de mi corta e intensa adolescencia.
Mi padrino fumaba Kent 100mm, eso era categoría. Su perfil intelectual de profesor sesudo e inflexible le confería a la elección de dicha marca un status aparte. Los Commander formaron parte también de sus preferencias pero era el Kent los que más perduran en mi memoria. La asiduidad de su fumar hacía que anduviera siempre con varios paquetes y que su dedo índice tuviera una leve pátina amarilla. No había lectura sin cenicero ni consejos sin cortina de humo, esto último nada que ver con la ocultación que sugiere, ya que abrió mi adolescente cabeza a aspectos que para nada estaban presentes en mi entorno inmediato. Mi primer libro de historia del arte fue regalo suyo así como mi primer concierto de música clásica, elementos que sutilmente expandieron mis sueños a tiempos en que la civilización tal como la conocemos tenía comienzo; el futuro me habría de llevar por otros caminos, pero las huellas de sus enseñanzas en torno a un Kent 100mm han estado siempre presentes en mi vida.
En las tardes que se juntaban con las noches, el faso aparecía encastrado entre las cuerdas del diapasón de mi guitarra. No sé a quien se lo ví primero, tal vez a un violero zarpado de la curva Rivadavia o al legendario Pichacho, personaje que a veces me pregunto si realmente existió. Venía los fines de semana desde la capital a tocar con otros monstruos en improvisadas zapadas, donde siempre había un plomo que pedía una pitada. Por aquel entonces mi ferviente atracción se concentraba en la música y mi eterno despertar sexual, así que en aquellas sesiones de puro rock yo no fumaba, ese ritual formaba parte de mi intimidad, de mi campo de mandarinas, de cuando empecé a fumar Colorados.
LPL’09







