sábado, 2 de agosto de 2008

Violencia en el Parque (Rivadavia)













Como materia repartida aleatoriamente por el éter mis recuerdos van configurando el mapa de confusos e intensos estados, donde todo estaba presente y todo iba a dejar de pertenecerte. Eran tiempos de cambios, mamá se había ido y sentía la culpa de no haberla llorado.

No tuve más remedio que irme o dejarme llevar por las olas de sensatez de los adultos que me rodeaban, aunque asistía un tanto contrariado a las disputas y/o repartos que se hacían de mi persona. Hasta terminar en Paraná, provincia de Entre Ríos, algo muy cercano al círculo concéntrico de los avatares de mi madre, que ahora con el paso de los años va devolviendo recuerdos.

Pero el tapiz de los últimos años con mamá, los cálidos veranos de Gessel y mi lujuriosa adolescencia, tornan confusos los tiempos en que todo sucedió, donde alguna vez existió una familia que yo pensaba como única a pesar de las nebulosas de mis primeros años. De los recuerdos del silencio.
Es la primera vez que asumo la etapa del íntimo silencio de mamá en un escrito, porque incluso el pensamiento se me antojó esquivo a la hora de recrear esos años, solo aparecía de vez en cuando el pequeño Luisito y sus anécdotas más infantiles para acabar en un pensamiento de desasosiego, ¿quién soy, de quien soy?

Intento poner en orden las ideas para poder ser objetivo, quitar la gran pátina de fantasía del entorno y la época, mientras escucho a Pescado: “las uvas viejas de un amor en el placard, son estas cosas que te están amortajando”.

Había una curva donde comencé a reunirme con la barra cuando los juegos de la puerta de casa al atardecer dejaron paso a las reuniones con las chicas, asaltos y cumpleaños, para finalmente adquirir la calidad suficiente para ser aceptado por los cancheros de más edad, los que fumaban en las esquinas y ya iban a los bailes. Desertores escolares reivindicadores del laburo fácil, mentores del piropo erótico rayano en lo soez. Pero grandes personajes. A través de ellos tenía acceso a sitios a los que solo no podía ir. Las mieles de los amigos de la infancia que ya tocaba a su fin se antojaban lejanas y superfluas, toda la ilusión de los frutales y los grandes campos se fueron con mamá. En la radio sonaba Sandro con ‘Penas’ y Aquelarre con ‘Violencia en el Parque’. Intentaba identificarme con todo aquello que superaba las fronteras de mi presente, proyectándome en un futuro de fantasía, las mentes oxidadas de los que escuchaban música complaciente eran blanco de mis críticas intelectuales, mientras había cosas más importantes por las que preocuparse, sobrevivir era una de ellas. Las pasiones fluctuaban entre la adolescencia inacabada y el poder de la música que lo llenaba todo, mientras que un miedo incognoscible por la situación de aquellos años daba el ingrediente de riesgo. En varias ocasiones enfrenté la realidad de sentir que la vida no valía nada y podía irme de este mundo con suma facilidad, pero todos mis sueños infantiles seguían intactos como para preservarme de tomar caminos de destrucción o por lo menos completarlos con final y epílogo.

En esta curva desgajé mis sueños más locos desde la heladería Pichacho, donde la Gorda y Ratón nos arropaban como semillas musicales a ritmo de Zepellin, Crimson o Pescado, desafíos de flipper y zapadas improvisadas donde el mundo era música y que pasara después poco importaba.

LPL'08

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