domingo, 3 de agosto de 2008

La Ambulancia (1993)


Un buen amigo mío dice, y con mucha razón, que si tuviera que escribir lo que piensa, en él habría de ser el discernimiento último, porque lo dicho son solo palabras, hojarasca a merced de los vientos del tiempo y lo escrito no hay Dios que lo borre aún destruyendo el lugar de tal testimonio.

Pero en contra de tan respetable concepto quiero tener mis estados, mis desvaríos, mis broncas y mis descargas en esta rudimentaria forma de expresión.
Antes de la demencia, del caos de mis indecisas venas, del rito de entrega a las realidades del hombre, en pos de conseguir vislumbrar mis formas, he de contarles lo que, casi sin darme cuenta me ha pasado.

Nací un día como jugando bajo las ruedas embarradas de una ambulancia de juguete; como jugando pero de verdad, con edad indefinida y con heridas provocadas por la misma ambulancia que me vio nacer. Tuve que ser llevado con urgencia a sanar mágicamente al hospital de debajo de la escalera. El sitio donde solía esconderse mi salvador, mi salvador de tres años, conductor de la ambulancia, a quien hube de jurar eterna amistad.

Esta amistad me posibilitó crecer y estar hoy aquí, presente de cuerpo y alma.

He seguido cada paso de mi precoz salvador, aun en su más desoladora adolescencia que luego descubrí, era la mía; pero ¿Quién era yo realmente?, ¿era un deseo inconsciente, era una realidad? y ¿quién era el, mi salvador, mi artífice, mi mentor, quién era?...

Hoy formo parte de sus recuerdos, de su vida, y son, ocasionalmente, sus hijos quienes juegan a rescatarme de inciertos peligros. Y así, jugando, ya soy él con mil formas.

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