viernes, 9 de octubre de 2009

Volver a los orígenes


En los días de calma veraniega, mientras disfrutaba del sol y del mar que parecen barrer de mi cuerpo la toxinas de un stress acumulado de años, he leído diferentes libros, desde best Sellers como parte de la trilogía de Stieg Larsson, ensayos de renombrados psicólogos como James Hillman o textos del comienzo de la historia (occidental al menos) como los de Heródoto. Me encuentro en las tierras donde parte de la civilización tal y como la conocemos tuvo su origen, o al menos, su origen escrito que es como reconocemos la historia. Heraklion, en los dominios de Karia que fueron doblegados por otros imperios, pero ellos los Karios han sido los pueblos originarios, first nations como eufemísticamente son llamados los indios norteamericanos. Aquí fueron llamados bárbaros, su cultura arrasada y sepultada, poco se sabe de ellos y los vestigios arqueológicos que se desvelan día a día son pasto de las discusiones más sesudas, pero en ámbitos que no trascienden lo local en la actual Turquía. Se dice que estos descubrimientos podrían echar por tierra el concepto que eleva a Grecia como centro de la historia conocida, la que todos estudiamos como historia antigua en el colegio.
En un paseo arqueológico que hicimos mi mujer y yo a instancias de unas amigas muy metidas en el tema, tuve la oportunidad de recorrer algunos de los vestigios de los cientos que se pueden encontrar en la península de Bodrum. Algunos de ellos custodiados celosamente por organizaciones locales y de forma un tanto precaria pero efectiva, lo que ya se han llevado en contrabando les ha obligado a extremar medidas, sitios como Stratonikea, la ciudad de los dos amores, fielmente custodiada por estudiantes universitarios y perros bravos alrededor de los restos más importantes (uno de ellos casi alcanza a morder a nuestra curiosa amiga Guler) exhiben valiosos restos que conviven con construcciones más recientes de los bizantinos que reciclaron parte de los restos en sus edificaciones. Los humanos en nuestro afán de identidad hemos construido sobre lo destruido como forma de superación de nuestras limitaciones, para diferenciarnos del diferente, sentirnos artífices del paradigma.
Entre los textos de mis lecturas y las reflexiones en el plenilunio del siete de julio en las ruinas de Lagina (con el permiso de Hekate), poco antes nos sobrecogieron las impresiones de un pueblo a punto de desaparecer en aras de nuestra actual civilización depredadora, Yeçilbagcilar. Muy cerca de allí una mina a cielo abierto de enormes magnitudes hiere la tierra amenazando con su incansable oradar. La excavaciones con hallazgos de más de 5.000 años desaparecerán sepultados por el progreso y las almas del pueblo, como los pueblos engullidos por los pantanos españoles en décadas pasadas, serán trasladadas a impersonales construcciones las más afortunadas, y abandonadas a su suerte las que se queden afuera del plan estatal, en connivencia con empresas privadas que a saber lo que hayan prometido a cambio.
La novela de Stieg Larsson deja la sensación que ninguna acción queda impune, que a la larga, quienes no aman a las mujeres, pagan su afrenta. James Hillman declama sobre la falacia de los padres, carga contra la culpa freudiana y sostiene que todos venimos con una misión clara y específica a este mundo, dicho sino puede o no aflorar según las circunstancias pero siempre dependiendo de nuestro más profundo ser, del código del alma que despierta. Los historiadores nos relatan la historia no exentos de ciertas preferencias o limitaciones según su estilo, sociedad donde desarrollan su actividad, tendencias de la época y demás condicionantes, haciendo que nos lleguen diferentes versiones de un mismo tema. Si no véanse las recientes historias americanas llenas de próceres y salvapatrias en un corto periodo de tiempo.
Argentina, el país donde nací, debido a su historia de conquistadores y libertadores ha dejado al margen de su historia a sus pueblos originarios, a los legítimos dueños de aquellas tierras. Sin diatribas a la conquista, descubrimiento o como quiera llamársele según el enfoque, a la llegada de los europeos a América, hoy, a comienzos del siglo XXI estas tribus comienzan a tener voz y podemos descubrir lo diverso de sus culturas; en los colegios empiezan a enseñar el lado oculto de la historia, se reivindican sus lenguas nativas tenidas hasta ahora como dialectos y se ‘descubre’ que sus creencias son básicamente las mismas que sustentan las sofisticadas religiones occidentales.
En estos tiempos en que los poderes reinantes nos intentan vender su crisis, no hay nada más edificante que volver a los orígenes, como aquel caminante que erró su sendero en alguna bifurcación. Tal vez solo detenernos y entregarnos a una reflexión seria sobre nuestro presente lleno de ruidos, apreciar cada uno desde la perspectiva que logramos alcanzar qué es lo que verdaderamente llena nuestras vidas, y cuando encontramos un atisbo de ello incidir ahí, justamente ahí, sin miedo ni culpas, ejerciendo verdaderamente nuestro libre albedrío de la condición humana. Y cuando el panorama no sea claro, cuando nuestra reflexión se nuble, hay que moverse, viajar, sentir otras culturas, otras formas de ver las cosas.
Muchos piensan que volver es retroceder, pero en realidad nunca volvemos a ninguna parte, siempre estamos yendo, así es el viaje de la vida; por ello siempre, aun en el caos, tendremos la oportunidad de ser nuevas personas y darnos el permiso de retomar aquello que una vez sentimos en nuestra infancia y que tardíamente recreamos en el atardecer de nuestras vidas, la magia de ser apreciando y agradeciendo el misterio fascinante de despertarnos cada día.
Lpl'09

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