domingo, 15 de marzo de 2009

El Esencial Cambio de Paradigma

Desde la terraza de casa veo evolucionar las bandadas de aves en su trashumancia. Siempre he admirado su vuelo describiendo la clásica V concediéndole a los cielos la poética del viaje, durante el amanecer, durante el día, incluso al atardecer, pero en los últimos años por la noche, en la oscuridad.

Me habían instruido sobre aves nocturnas, unas muy especiales que desarrollaban sus actividades de noche. En las noches de mi infancia en el litoral argentino, internado en los pajonales de las islas del delta en la búsqueda de carpinchos, era usual encontrarse con alguna lechuza en un chañar. Pero estas que hoy veo son aves que suponía viajaban solo de día.

Tampoco los pájaros en mi infancia cantaban de noche como si estuviera amaneciendo y hoy puedo escucharlos bastante a menudo desgranar sus melodías en la penumbra. A Juan Salvador Gaviota lo desterraron de su bandada por asegurar que una gaviota podía volar de noche. Sometido al escarnio de la bandada, su propia comunidad, voló hasta conseguir trascender a la estrechez de su tiempo.

Este verano, obedeciendo a mi naturaleza conservacionista para con los insectos, me disponía a salvar una mariposa que se había precipitado en la piscina tal vez interceptada en su vuelo por alguna repentina ráfaga de viento o alguna mala maniobra. La pobre no cesaba de aletear dando vueltas en círculos hacia la que yo creía una muerte segura. Mientras buscaba el mejor ángulo que me permitiera alcanzarla con el cedazo de hojas para rescatarla, la mariposa en una ágil maniobra, sacudió sus alas en un ángulo distinto al que venía desarrollando y despegó del agua volando alegremente de un lado a otro; con sorpresa y alegría me maravillaba de su fuerza, su acto heroico, pero tras un instante de observarla descubro con preocupación que vuelve a precipitarse cual kamikaze directa al agua y a describir los mismos círculos, y otra vez con decidida agilidad remontó sobre la situación. ¡La mariposa estaba nadando!

Más allá del fenómeno sorprendente y de las razones científicas de estos comportamientos de la naturaleza, estos pequeños hallazgos me llevan a pensar en todas las veces que he respondido a situaciones en mi vida con el mismo y repetitivo mecanismo, cuantas veces me he ahogado en un vaso sin agua, los momentos donde no encontré el ángulo por el que poder cambiar la trayectoria de mi vuelo. Pareciera que nos encontramos avocados a la repetición de actos que aborrecemos de nosotros mismos.

Personalmente he podido reflejarme y enfrentarme a mis mecanismos, para descubrir con el tiempo que siempre me he tenido que dedicar a ello con tesón para obtener verdaderos resultados. ¿Quién puede realmente saber qué momento de su pasado han influido para caer siempre en la misma autocompasión? Debemos prestar más atención a las cosas que nos disgustan para saber qué debemos cambiar de nosotros mismos.

Pero volviendo a los pájaros, a nuestra arrojada mariposa, a los actos heroicos, si realmente la percepción de la naturaleza está cambiando a nuestro alrededor, si nuestro mundo en confusión de valores y sumido en la maraña de nuestra creación también está cambiando, ¿no será que nuestra conciencia planetaria también lo está haciendo?

En la filosofía del wabi-sabi japonés la verdad viene dada en la observación de la naturaleza, esta es la lección que el universo nos muestra en toda su vastedad y simpleza. Y me pregunto, ¿o será que toda la creación nos impele a que veamos lo más simple y obvio, lo que ha estado siempre ahí?, nada permanece, todo está en continuo movimiento y transformación; hemos querido poner principio y final a todo, y nada lo tiene.

La pregunta es ¿podremos como la mariposa o los pájaros de vuelo nocturno hacer algo distinto a todo, a todo lo que hemos hecho, a todo lo que somos? Levantarnos una mañana con una mirada distinta y permitir que pasen cosas que rediman el día.

En esta era de ingente información y corazones solitarios en la gran muchedumbre los pequeños actos son titánicos pasos hacia una unidad que ya no podemos eludir. Así como la libre mariposa de Bodrum puede nadar, quizá debamos los humanos aprender a volar. Ya es hora.

LPL’09

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